La recuperación y nosotros que la queremos tanto

Nacho Álvarez profesor del Departamento de Estructura Económica y Economía del Desarrollo en la Universidad Autónoma de Madrid

Publicado en El Confidencial el 27 de septiembre de 2015. Enlace disponible aquí

Desde hace seis trimestres la economía española experimenta tasas positivas de crecimiento del PIB. De hecho, el crecimiento se ha acelerado hasta situarse actualmente en una tasa interanual del 3%.

¿Significa esto que las políticas de austeridad han funcionado y han traído finalmente, después de tanto sufrimiento, la esperada recuperación? ¿Ha dejado de tener sentido una propuesta de política económica alternativa a la del Gobierno?

Vayamos por partes, dado que son dos las cuestiones que conviene analizar para responder a las preguntas anteriores. En primer lugar, aclaremos cuáles son los determinantes y la fortaleza de la recuperación. Y en segundo lugar, veamos los perfiles y la textura de dicho crecimiento.

Diversos factores externos proporcionan a la economía española un importante viento de cola desde hace año y medio: la política de compra de deuda pública del BCE, que ha continuado reduciendo los tipos de interés y ha contribuido a la recuperación del crédito; la intensa caída de los precios del petróleo, con su correspondiente efecto expansivo, y, además, la depreciación del euro.

También los factores internos importan. La progresiva caída de la tasa de ahorro de los hogares impacta positivamente sobre el consumo privado y, además, el Gobierno ha relajado notablemente el ritmo de la austeridad durante el último año, llegando a propiciar incluso un crecimiento del consumo público del 1%. Curiosamente, la intransigente defensa de los recortes presupuestarios desaparece en año electoral.

Estos determinantes invitan a presuponer fragilidad en el crecimiento actual: los factores externos bien pudieran desaparecer a lo largo del próximo año, al tiempo que una vuelta a la austeridad está contemplada en el Programa de Estabilidad remitido por el Gobierno a Bruselas, lo que hace presagiar nuevos recortes en el caso de que el Partido Popular gobierne después de diciembre.

Las políticas de austeridad fiscal y los recortes salariales no son por tanto los factores que explican la incipiente recuperación. Al contrario, estas políticas han conllevado precisamente que estemos tardado más en salir de la crisis, y nos han conducido a una década perdida. España presenta aún un PIB real un 4% inferior al de 2007, y solo se ha recuperado un 30% del empleo perdido durante la crisis.

Es aún por tanto necesaria una estrategia alternativa que -poniendo definitivamente punto y final a la austeridad- consolide una verdadera recuperación. Tal y como ha quedado patente a lo largo de 2014 y 2015, los multiplicadores fiscales siguen siendo positivos y elevados, por lo que una política de este tipo -una reducción del déficit público mucho más paulatina que la que exige Bruselas, en un contexto de ingresos crecientes-, permitiría apuntalar el cambio de ciclo y fortalecer la creación de empleo.

No obstante, más importante aún que consolidar el frágil crecimiento actual es transformar su patrón, caracterizado por importantes desequilibrios estructurales que vienen de atrás, y que las políticas aplicadas durante la crisis no han resuelto o incluso han agudizado. Destacan cuatro: la precariedad laboral, las fuertes desigualdades, la dependencia externa y el excesivo endeudamiento de los hogares.

El empleo que se está creando no solo es insuficiente dado el volumen de desempleo existente. Es, además, un empleo sumamente precario: el 90% de los contratos que se firman siguen siendo temporales, más de cuatro millones de trabajadores han dejado de estar cubiertos por los convenios colectivos y el salario de los nuevos empleados tiende a ser un 10% inferior.

Esta realidad laboral, junto al elevado desempleo y a los intensos recortes del gasto público, ha determinado un fuerte crecimiento de las desigualdades en nuestro país. Si el incipiente crecimiento económico no se transforma, modificándose el patrón de distribución de la renta y la riqueza, consolidaremos una sociedad que deja atrás a un tercio de sus conciudadanos. Desaprovecharemos con ello un enorme potencial económico y social, y abonaremos el terreno para nuevas crisis derivadas de la insuficiencia de demanda agregada.

Además, el patrón de crecimiento actual ha hecho reaparecer un viejo desequilibrio no resuelto, en cuya resolución muy poco se ha avanzado. La fuerte propensión importadora de nuestra economía (especialmente en el terreno de los combustibles fósiles), determina que de nuevo -y pese al crecimiento exportador- el sector externo contribuya de forma negativa al crecimiento económico de los últimos trimestres.

Pese al discurso dominante, la política de devaluación salarial no ha servido para afianzar el equilibrio en las cuentas externas, dado que se mantiene intacto nuestro patrón de especialización industrial en sectores de valor añadido medio y escasa productividad. La consecuencia inmediata que esto tiene es que nuestro país tendrá que seguir dependiendo del endeudamiento externo, tanto más cuanto mayor sea el ritmo de crecimiento (y con ello nuestra voracidad importadora).

Finalmente, hay un último problema estructural que la política económica del Gobierno ignora: el incipiente crecimiento, al venir acompañado de un retroceso en el salario de muchos hogares, no está sirviendo para facilitar el desapalancamiento de las familias. Con ello, la deuda hipotecaria de los hogares lastra fuertemente la demanda interna, asfixia a millones de personas y refuerza las desigualdades.

Si queremos impulsar una verdadera recuperación, será necesario poner punto y final a la austeridad. Pero esto no bastará. Deberá acompañarse de otras medidas estructurales: impulsar un Plan de Renta Garantizada que ponga a todos los hogares españoles por encima del umbral de la pobreza; fortalecer la política de I+D+i hasta situar a nuestro país en la media de la UE, facilitando con ello el desplazamiento de nuestro tejido productivo hacia segmentos de mayor valor añadido; acometer un plan de ahorro energético y de desarrollo de las renovables que reduzca nuestra dependencia importadora y reequilibre la balanza de pagos; incrementar sensiblemente el salario mínimo, desincentivar la contratación temporal e impulsar la conciliación de la vida personal y laboral, o impulsar una reestructuración de la deuda hipotecaria de los hogares.

En ausencia de medidas estructurales como las señaladas, el crecimiento actual será difícilmente sostenible. Y si lo es, será precisamente a costa de profundizar los desequilibrios económicos mencionados.