La antigravedad del bitcoin (IV): La ley de Gresham y el futuro del bitcoin

Luis Alberto Alonso (Profesor de la Universidad Complutense de Madrid)

La ley de Gresham se enuncia de forma taxativa así: la mala moneda desplaza a la buena. Esto significa que, si un agente económico tiene la posibilidad de pagar con dos monedas que tienen el mismo valor facial pero cuyo valor metálico difiere, pagará con la que posee el menor valor metálico, retendrá la que lo tiene mayor y, cuando esta conducta se generaliza, la buena monedad acabará desapareciendo de la circulación. Ajustándose a esta lógica se explica que las monedas de plata españolas de 100 pesetas desapareciesen de la circulación cuando el valor de su peso en plata superó las 100 pesetas.

En nuestro caso, deberemos calificar como moneda buena al bitcoin y como moneda mala al dólar o a cualquiera de las otras monedas normales. La razón es que un bitcoin vale cada vez más dólares, y como esta moneda mantiene su capacidad adquisitiva aproximadamente constante en términos de bienes, el bitcoin no solo mantiene su valor real, su poder adquisitivo, sino que lo incrementa.

¿Deberemos considerar, por tanto, que el bitcoin es una supermoneda? Argumentaremos que un aumento continuo del precio del bitcoin en dólares lo incapacita para cumplir satisfactoriamente varias de las funciones esenciales que una moneda debe desempeñar. Veamos:

  1. Si el bitcoin acabase convirtiéndose en la moneda oficial de un país, su crecimiento programado, cada vez a menor ritmo, exigiría –para poder satisfacer las necesidades de liquidez que derivan de una renta que crece en términos reales a ritmo constante– un descenso continuo del nivel de precios en bitcoins. Es decir, que su implantación implicaría aceptar que la economía padeciese un proceso deflacionario crónico. Este lleva consigo problemas de contracción económica, transferencias de renta de los deudores a los acreedores, impagos de créditos, quiebras bancarias… Por tanto, el crecimiento limitado a que está sometida tendría consecuencias inaceptables para la economía que la adopte como moneda oficial.
  2. La coexistencia del bitcoin y otra moneda, por ejemplo, el dólar, excluiría al en bitcoin como moneda para nominar los préstamos. En efecto, los préstamos en bitcoins para prestatarios que cobran en dólares sus rentas acabarían resultándoles imposibles de pagar. Salvo que estuviesen indiciados respecto al dólar, en cuyo caso serían, de hecho, préstamos en dólares. Ni los prestatarios aceptarían préstamos nominados en bitcoins ni los prestamistas estarían dispuestos a concederlos porque tendrían la seguridad de que no serían devueltos. Una moneda en la que no pueden concederse préstamos no es una moneda viable.
  3. Supongamos una vez más que nos hallásemos en una situación de economía mixta, en la que habría bienes cuyo precio ha sido establecido en bitcoins –llamémosles “bienes B”– y otros cuyos precios vienen estipulados en dólares, a los que llamaremos “bienes D”. Si el bitcoin sube respecto al dólar, para los ciudadanos que cobran en dólares los bienes B serían cada vez más caros. Solo comprarían bienes D. Para los ciudadanos que cobran en bitcoins los bienes D serían cada vez más baratos e incrementarían sus compras. Para ello deberían adquirir dólares. La apreciación inicial del bitcoin que suponíamos se vería contrarrestada parcialmente o cesaría hasta que ambas monedas crecieran a la misma tasa. Al mismo tiempo, los empresarios que pagaban salarios en bitcoins y fijaban precios en bitcoins dejarían de vender y, para sobrevivir, se verían obligados a establecer los precios de sus productos y factores en dólares. No sabemos cuál de estos dos procesos tendrá más fuerza: la neutralización de la apreciación del bitcoin respecto al dólar o la ruina económica de los que producen y que han establecido sus precios en bitcoins. O los poderes adquisitivos de las dos monedas se igualan al tipo de cambio vigente, y éste se estabiliza, o la moneda débil desplazaría a la moneda fuerte. En este caso, la parte de la economía “bitcoinizada” acabaría dolarizada.

Para ilustrar esto permítasenos comentar la siguiente anécdota: El profesor Wasily Leontief enseñaba economía en Harvard en los años treinta. En una de sus clases, un alumno le planteó la siguiente duda: “Ustedes, los economistas ortodoxos sostienen que el descenso de precios y salarios servirá para eliminar el desempleo, pero, en este momento, puede observarse que precios y salarios descienden, pero no lo hace el porcentaje de desempleo.” Leontief guardó un largo silencio, después metió la mano en el bolsillo y sacó una moneda de un centavo de dólar. La tomó entre sus dedos, se la mostró a sus alumnos y, con acento categórico, dijo: “Cuando precios y salarios hayan descendido lo suficiente, con este centavo de dólar yo podré comprar la economía americana.

Leontief quería decir que el aumento del poder de compra del centavo de dólar sería, al descender precios y salarios, tan elevado que incrementaría la demanda agregada hasta un nivel que haría segura la desaparición del desempleo. El alumno imaginó una segunda objeción: “Sí, profesor, pero cuando usted pueda comprar con ese centavo la economía americana, no lo hará porque esperará poder comprarla con medio centavo.” pero no se atrevió a formularla.

La subida del bitcoin en dólares equivale al descenso de precios y salarios de Leontief. Pues bien, cuando el precio del bitcoin en dólares haya subido hasta permitirle al afortunado poseedor de un bitcoin comprar la economía americana, tampoco la comprará. Podemos imaginar más bien que con algunos dólares residuales se irá al supermercado a comprar unas salchichas para cenar.

Hemos exagerado para mostrar que cualquier gasto en bitcoins tiene el enorme coste de oportunidad de que quien lo realiza se pierde las siguientes subidas de su valor en dólares. Lo racional es esperar, esperar siempre, y retener el bitcoin. La ley de Gresham es implacable.