Para una renovación de la política turística en España: El turismo de salud

Antonio Sánchez Andrés (Departamento de Economía Aplicada -Política Económica-, Universidad de Valencia)

Recientemente se han publicado los resultados turísticos españoles del último año. Se ha conseguido un nuevo record de visitantes que asciende a 81,8 millones de personas. La tendencia ha sido al ascenso desde ya hace años. Por ejemplo, en 2010, se registró una cifra de 52,7 millones de personas, que se fue acrecentando continuamente hasta la actualidad. En consonancia con esta tendencia también el volumen de ingresos se incrementó: mientras que en 2010, se consiguieron 51,7 mil millones de euros, en 2014 fueron de 63,1 mil millones y 86,8 mil millones de euros en 2017. Esto ha conducido a que las actividades turísticas representen más del 6 por ciento de la demanda final del país o afecte al 12 por ciento de PIB (utilizando las Cuentas Satélites del Turismo en España). En estas condiciones, España se consagra como el segundo-tercer destino mundial por atracción de turistas.

Sin embargo, detrás de esta buena evolución y de las optimistas expectativas que se pueden abrir se ciernen serias sombras sobre este tipo de actividad. Una primera indicación al respecto y siguiendo las cifras anteriormente apuntadas se obtiene de la consideración de los gastos anuales por turista. En 2010 cada turista se gastó en términos medios 981 euros, cifra que sólo fue superada en 2015 cuando se elevó a 990 euros. En los dos años siguientes este gasto aumentó y en 2017 alcanzó los 1061 euros, que descontando el efecto inflacionario, deja a ese gasto en un nivel equivalente al del 2010. A esta dificultad para acrecentar el gasto por turista se le añade que el atractivo español sigue definiéndose por sus características propias del turismo de “sol y playa” de baja calidad y por su concentración en los meses de verano (estacionalidad), con las correspondientes repercusiones en la cualificación de la mano de obra, en la introducción de renovación tecnológica y en la dependencia de comercializadores extranjeros. Adicionalmente, la entrada masiva de turistas supone una interacción cada vez más agresiva con el medio ambiente y se acrecientan los casos de fricciones con la población oriunda.

Así pues, cada vez resulta más imperiosa la necesidad de cambiar el modelo turístico español, masivo, y fomentar los segmentos con mayor aporte financiero, que restrinja la estacionalidad y estimule la estabilidad de un empleo cualificado. Existen diversas líneas, pero, en la actualidad, una de las que presentan una mayor potencialidad, con unas repercusiones de gran alcance, es el turismo de salud. A pesar de ser España uno de los líderes mundiales en turismo, dentro del anterior segmento sólo cubre una cuota del uno por ciento del turismo mundial. Así pues, por potencialidad de desarrollo y por aumento en la cantidad de ingresos por turista que supone, la especialización en este segmento constituye una prioridad de primer orden. En este sentido la política turística debe presentar un papel muy activo en su desarrollo. Entre las líneas más importantes para promocionar se encontrarían las de belleza, (anti-)envejecimiento, salud preventiva, fitness, salud nutricional o tratamientos quirúrgicos.

Cabe señalar que España goza, por el momento, de una sanidad de buena calidad, que dispone de una aceptable infraestructura público y privada, así como de un personal humano con elevada cualificación. Sin embargo, no debe olvidarse que, a raíz de la crisis y de las tendencias económicas futuras que apuntan a recortes sanitarios ulteriores, es previsible un deterioro en el sistema sanitario español con serias repercusiones negativas en la atención a la población, en la pérdida de personal cualificado y en ocupación estable. Una de las soluciones para mejorar las perspectivas del sector sanitario en España es entrecruzarlo con el turismo. Es decir, un gran reto en la economía española es cómo utilizar la base sanitaria, que por el momento aún puede presentar componentes de alta competitividad, para estimular una dimensión del turismo (de salud) que, a su vez, abra canales para su apoyo financiero.

La concreción de esta política se plasma en tres dimensiones: desarrollo del sector público, apoyo a iniciativas público-privadas y promoción de actividades privadas. Respecto a la primera, la implicación del sector público supone, por ejemplo, la introducción de cambios en la gestión y forma de organizar la financiación (en su caso, facturación) de los hospitales para que puedan atender la demanda privada-externa de turistas. Quizá un mecanismo sería implantar, inicialmente y de forma experimental, reorganizaciones similares a las acabadas de apuntar en hospitales públicos en zonas costeras turísticas (en su caso también en Madrid) y al observar su evolución, generar información adicional para ir extendiendo y corrigiendo el mecanismo de integración de las actividades turísticas y sanitarias (por ejemplo, operaciones quirúrgicas de diverso tipo).

En cuanto a la colaboración público-privada se podían desarrollar iniciativas vinculas a la atención de la tercera edad, bien en forma de centros especializados o en el modo de colonias de viviendas. Estas formas, además de tratar a los ancianos turistas, podrían ayudar a fijar, en ciertos casos, las residencias de estos en España, al tiempo que podría permitir un apoyo singular a la tercera edad española en las zonas afectadas. Dentro de este ámbito también se podría incluir el turismo de salud con fines preventivos.

Respecto a la promoción de actividades privadas, no es nada desdeñable su importancia debido a que el desarrollo de éstas generaría empresas que pagarían impuestos, al tiempo que fijaría mano de obra cualificada en las mencionadas entidades. A este respecto el apoyo a las empresas de tratamientos estéticos (implantes de prótesis, limpiezas de piel, etc.), que se encuentran relativamente avanzadas en España, sería una de las opciones más viables y con grandes expectativas de desarrollo futuro.

En conclusión, esta propuesta de política económica pretende dibujar una respuesta (aunque sea parcial) a dos retos a los que se enfrenta España: mantener y mejorar su sistema sanitario –y su carácter público para los residentes en el país– y renovar las actividades turísticas, combinando sus soluciones. En efecto, esta propuesta exige romper con dogmas del pasado y examinar el futuro con una nueva mirada, pero es inexcusable si se pretende mantener una sanidad decente combinándola con la creación de puestos de trabajo estables, con cualificación elevada y con la incorporación de renovaciones tecnológicas.