El proteccionismo de Trump

Gabriel Flores (Doctor en Ciencias Económicas)

En las últimas semanas, el mundo ha asistido con cierta intriga y temor a una batería de amenazas comerciales de la Administración Trump dirigidas contra China que podrían tener graves consecuencias. Resulta muy difícil separar cuánto hay en esas amenazas de improvisación y pulsión ideológica conservadora, xenófoba y contraria al libre cambio, que las hay y en abundantes dosis, y cuánto de cálculo político, que también lo hay. Nada es lo que parece, pero me temo que detrás del conflicto abierto por EEUU hay un plan coherente de largo alcance destinado a reforzar y prolongar la hegemonía mundial estadounidense y unos objetivos a corto plazo que persiguen consolidar los apoyos económicos y la base social y electoral de Trump de cara a la campaña presidencial de 2020. Un complejo plan que no está improvisado y que no responde, como consideran muchos de sus críticos, a los impulsos incontrolados de Trump o a su ignorancia.

El proteccionismo con el que sermonea Trump ha dejado de ser un recurso retórico en la búsqueda de simpatías y votos entre los sectores que se sienten perjudicados por la globalización y sus consecuencias y ha comenzado a concretarse en escaramuzas y forcejeos que se focalizan en China, la gran potencia emergente que está dispuesta y ha elaborado planes minuciosos para disputar en el largo plazo la hegemonía mundial a EEUU. Trump desea ser visto como un presidente fuerte que no teme la confrontación y que sale victorioso de los retos que se plantea.

Se viven momentos de tanteo, en los que a las amenazas siguen rectificaciones y vacilaciones que abren paso a nuevas amenazas, a la espera de que el conflicto escale o remita. Puede ser el inicio de un grave conflicto o una crisis aislada, bajo control relativo, dentro de un contexto que irremediablemente dará lugar antes o después a una confrontación de más calado e intensidad en la que acabará jugándose la hegemonía mundial de cara a la segunda mitad del siglo XXI y la configuración del modelo de mundialización que acabará imperando.

Los términos del conflicto arancelario

A grandes rasgos, la trayectoria seguida por el conflicto comercial que enfrenta a EEUU con China desde hace poco más de un mes es el siguiente:

El 1 de marzo, Trump comienza las escaramuzas con la presentación de un Memorándum en el que anuncia su decisión de imponer aranceles del 10% a las importaciones de aluminio y del 25%, a las de acero, con objeto de defender a una industria siderúrgica estadounidense que ha sido diezmada por décadas de comercio que considera injusto. La decisión presidencial se sustenta en razones de seguridad nacional, de acuerdo a la sección 232 de la Ley de Comercio de EEUU de 1962, lo que le permitirá sortear las normas del comercio mundial y a la propia Organización Mundial de Comercio.

No parecía una amenaza contra China que, pese a ser el principal productor y exportador mundial de acero y aluminio, dejó de ser hace años un actor principal en las importaciones estadounidenses de estos productos, que ahora proceden fundamentalmente de países vecinos o aliados que se apresuraron a manifestar su inquietud por decisiones que consideran unilaterales y arbitrarias y a mostrar su decisión de responder con medidas equivalentes.

Nada resulta convincente en la amenazadora decisión de EEUU: ni los argumentos que le sirven de justificación ni la norma jurídica elegida para revestir de legalidad la decisión, ni siquiera la utilidad de las medidas arancelarias (más allá de la ventaja proteccionista que, de entrada, proporcionará a las empresas siderúrgicas) para la economía estadounidense.

De inmediato, Canadá y México (primero y tercero, entre los suministradores de acero a EEUU; y primero y séptimo, entre los proveedores de aluminio) quedaron eximidos temporalmente de la aplicación de las medidas con el fin de incidir, sin perturbar, en la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA, por sus siglas en inglés) que Trump considera dañino para EEUU.

El 22 de marzo, las medidas arancelarias de Trump se concretan exclusivamente en China (mientras a los demás países aún concernidos por los derechos de aduana sobre el acero y el aluminio se les exime temporalmente) y se amplía la amenaza a 1.300 productos que se desvelarían en 15 días, estimándose que afectarían a importaciones procedentes de China valoradas aproximadamente en 60.000 millones de dólares (sobre un total importado desde China que alcanzó en 2017 los 505.600 millones de dólares). Trump concede un periodo de 60 días, que finalizará el 22 de mayo, para que el Departamento del Tesoro concrete el plan de restricción de inversiones directas chinas en la economía estadounidense. Y se invita a China a que muestre una posición amigable, tomando medidas para reducir voluntariamente su superávit comercial con EEUU en 100.000 millones de dólares (sobre un total que en 2017 superó los 375.000 millones). Las amenazas de Trump sacuden momentáneamente los mercados financieros, especialmente a las bolsas estadounidenses, que temen las consecuencias de que la crisis se desmadre y acabe en guerra comercial.

El 26 de marzo, las autoridades chinas responden con firmeza (no se van a someter a los dictados estadounidenses), de forma proporcional (para mostrar su ánimo negociador) y muy controlada (para evitar la escalada del conflicto). Anuncian que, en el caso de que EEUU siga con sus planes de imposición unilateral de derechos de aduana, 128 productos estadounidenses serán sometidos a aranceles del 25% que afectarían a un total de 3.000 millones de dólares importados por China desde EEUU. Productos cuidadosamente elegidos (soja, carne de cerdo, petróleo, aviones Boeing,…) para que, pese a su pequeño peso relativo en las exportaciones estadounidenses, ejemplifiquen las nefastas consecuencias para todas las partes de una guerra comercial generalizada, perjudiquen gravemente a los intereses de sectores económicos y sociales que forman parte de los apoyos a Trump e incidan en el ánimo del presidente para que vuelva a repensar la estrategia de sus relaciones con China. Para que maduren las consecuencias de las amenazas,

La escalada en el conflicto comercial que enfrenta a EEUU y China continúa y amenaza con transformarse en una guerra económica abierta y generalizada. Lo más curioso del caso es que la gran potencia consolidada, EEUU, en la que impera un modelo capitalista ultraliberal y ha jugado un papel esencial en la tarea de conformar el actual modelo de globalización neoliberal, opta por legitimar el proteccionismo y pretende resolver unilateralmente sus desequilibrios comerciales debilitando a la Organización Mundial de Comercio (OMC). Mientras que la gran potencia emergente, China, donde impera un régimen económico peculiar, en el que las empresas y las relaciones económicas están estrechamente controladas por el Estado y por un régimen centralizado de partido único que ejerce una férrea dirección sobre el conjunto de las relaciones sociales, adopta el papel de defensor del libre cambio, reivindica el papel del libre comercio como impulsor del crecimiento y el bienestar en todo el mundo y pretende salvaguardar el papel de la OMC como organismo supranacional de negociación de las reglas que favorecen el comercio mundial y la resolución negociada de los conflictos. ¡El árbol verde de la vida que no deja de dar sorpresas!

Un conflicto que no es ni se limita a lo que parece

Mientras EEUU ofrece una imagen de descontrolada ojeriza a China y de estar dispuesto a todo para imponer sus intereses y su voluntad, China defiende con firmeza las ventajas del libre cambio, los acuerdos comerciales que lo expanden y unas relaciones comerciales internacionales ordenadas, regidas por normas que obligan a todos los participantes y por instituciones mundiales que vigilan y dirimen pacíficamente y de forma negociada los inevitables conflictos de intereses que se puedan producir.

Pero nada, o casi nada, es lo que parece en este teatro en el que Trump escenifica su conflicto con China.

En primer lugar, no es una amenaza generalizada, está acotada a China. Por mucho que también persiga nuevas y mayores ventajas frente a sus vecinos (Canadá y México) y principales aliados (Japón, Corea del Sur y Unión Europea), que también han sufrido sus dardos proteccionistas de cara a la galería de los fans del “America first”.

En segundo lugar, al contrario de cómo se presenta, no es un plan comercial para disminuir en 100.000 millones de dólares el descomunal déficit comercial con China (375.200 millones de dólares en 2017) y proteger a la industria siderúrgica estadounidense, aunque no desprecie avanzar sustancialmente en ambos terrenos o en un aspecto también esencial: aumentar las importaciones chinas de productos claves de la economía estadounidense (automoción y componentes, aviones, soja o gas natural) que le pueden ayudar a Trump a consolidar los apoyos de sectores económicos con mucho poder y recursos. Los objetivos de Trump son más ambiciosos, ya que sus dictados arancelarios unilaterales pretenden disuadir a autoridades y empresas chinas de mantener prácticas poco respetuosas con la propiedad intelectual, factor clave en el desarrollo de la industria de alta tecnología china (robótica e inteligencia artificial) y en sus aspiraciones de disputar la hegemonía a EEUU.

En tercer lugar, no es un plan exclusivamente económico. Sus objetivos políticos son de entidad: lograr la subordinación pública del Gobierno de México en el objetivo tan querido por Trump de construir un muro contra la inmigración en la frontera con México contando con la participación financiera de las autoridades mexicanas e incrementar la presión del Gobierno chino sobre Corea del Norte para poder mostrar a corto plazo una victoria política sobre su demonizado enemigo.

Y en cuarto lugar, no es un plan exclusivamente proteccionista. Sus objetivos pasan por conseguir una mayor apertura del mercado chino, con una mayor presencia directa de las grandes entidades financieras estadounidenses, y por obtener del régimen chino una mayor protección del conocimiento y la tecnología de las empresas estadounidenses que han localizado su producción en China y se ven obligadas ahora a transferir parte de ese conocimiento a sus socios chinos, como contraprestación al acceso que obtienen al gran mercado chino.

Salga lo que salga de este incipiente conflicto, lo que está en juego es el régimen de derecho y normas internacionales que rigen las relaciones comerciales (junto a las reglas de inversión directa o protección de la propiedad intelectual) y el modelo de globalización que saldrá imperante de este conflicto, la hiperglobalización neoliberal que ahora domina o una globalización más controlada por el poder político, menos intensa e impositiva y más sometida a normas e instituciones internacionales. El principal objetivo estratégico de EEUU es debilitar el avance tecnológico de China, porque lo que se juega en esa partida es la hegemonía mundial en la segunda mitad del siglo XXI. Los próximos años definirán el curso de la confrontación, en la que tratarán de incidir otras potencias globales con suficiente fuerza, argumentos e intereses propios (como Japón, Rusia o, especialmente, la Unión Europea). Y si acabará predominando la cooperación internacional en un mercado global sometido a normas e instituciones pactadas o la tensión y la imposición de intereses nacionales de gran potencia que darían lugar a una época de decadencia y estancamiento alimentada por múltiples conflictos.

Es extremadamente difícil que la alternativa capaz de sustituir a la actual globalización desregulada sea un nacionalismo proteccionista incapaz de aprovechar las ventajas que puede ofrecer el comercio y la especialización productiva internacionales si fueran sometidos a una regulación inteligente y a fórmulas de cooperación internacional que facilitaran un crecimiento socialmente inclusivo y respetuoso con la naturaleza y los recursos naturales. Mucho menos difícil es que las fuerzas antiglobalización y los egoísmos nacionalistas que genera el actual esquema de globalización ultraliberal puedan, de seguir desarrollándose, acabar imponiendo fórmulas de mercantilismo no cooperativo que abran la puerta a un largo periodo de decadencia económica en el que la fuerza militar sea un factor esencial en la imposición de condiciones en las relaciones internacionales.

En ese complejo marco de fuerzas a favor de la actual globalización o, en sentido contrario, de un proteccionismo unilateral y excluyente, es en el que las fuerzas progresistas y de izquierdas, incluyendo a las diversas corrientes nacionalistas de carácter progresista, deben actuar a favor de la cooperación internacional y de una mundialización económica regulada e inteligente. Y en ese contexto es de enorme importancia, para que Europa pueda incidir a favor de esa mundialización regulada e inteligente, que se acierte en las decisivas tareas de fortalecer el proyecto de unidad europea, negociar la reforma institucional de la eurozona y superar las políticas económicas maniatadas por la ideología de la austeridad y la devaluación salarial como fórmula para salir de la crisis en la que la UE y la eurozona, a pesar de los tres últimos años de crecimiento, aún siguen inmersas.

Lo específico en la tensión estadounidense con la UE

En el marco de este conflicto que Trump ha terminado por focalizar en China, han aparecido algunos flecos secundarios y contradicciones con la UE que conviene considerar.

Trump pretende que la UE adopte también límites voluntarios a sus exportaciones de acero y aluminio a EEUU, se sume a la presión sobre China para conseguir una mayor apertura de sus mercados, especialmente a los grandes grupos financieros estadounidenses y europeos, y limite las imposiciones que obligan a la transferencia de tecnología y conocimientos de las empresas occidentales que se localicen en China. Hay además un objetivo político-militar muy querido por Trump y de gran significado: los países de la UE, como miembros de la OTAN, deben alcanzar con más rapidez su compromiso de aumentar los gastos militares hasta el 2% de su PIB, sin avanzar en una Europa de la defensa que pueda entrar en competencia con la OTAN y con una industria militar estadounidense que tendría mucho que ganar con un incremento del gasto militar europeo de más de 50.000 millones de euros, que en el caso de España implicaría duplicar sus gastos militares actuales.

Trump espera que tanto los efectos del anuncio del incremento de la presión comercial sobre China como los de la exención temporal y condicionada a Europa de los nuevos aranceles sobre el acero y el aluminio puedan concretarse a corto plazo en concesiones comerciales y políticas de la UE que le permitan presentarse como un presidente fuerte que cumple sus promesas electorales y es capaz de ganar las batallas que se plantea. Si así fuera, saldría reforzado ante la opinión pública de su país y consolidaría su alianza con sectores sociales y poderes económicos que han sido claves en su elección y que lo seguirán siendo en el futuro.

Aunque a largo plazo hay sobradas razones económicas para considerar que el plan proteccionista de Trump, además de incrementar la tensión y los riesgos e incertidumbres de una guerra comercial a gran escala, es ineficaz en su objetivo de reducir el déficit comercial estadounidense y contiene muchos elementos contraproducentes para los intereses de la economía estadounidenses, conviene no menospreciar a Trump ni a sus planes, porque puede conseguir en el corto plazo buena parte de los objetivos que persigue y asegurarse los apoyos para su reelección como presidente.

Tras la espuma del conflicto arancelario existe un mar de fondo de lucha por la hegemonía mundial que contribuirá a configurar las relaciones internacionales de las próximas décadas y el tipo de globalización imperante y que, como consecuencia, afecta directa e intensamente al proyecto de unidad europea que encarnan la UE y la eurozona y a los intereses de sus Estados miembros. Si Europa se mantiene unida y es capaz de llevar a cabo las reformas institucionales y de política económica que son imprescindibles para mejorar su funcionamiento y asegurar su continuidad puede llegar a jugar un importante papel en decantar la pugna por la hegemonía de gran potencia que protagonizarán EEUU y China. Europa podría, con su peso específico, inclinar la balanza a favor de una propuesta de mundialización inclusiva en la que predomine la cooperación en base a reglas e instituciones multilaterales que sean compatibles con la recuperación de los principios de solidaridad, cohesión económica, social y territorial, democracia y respeto por los derechos humanos que representaron lo mejor de las señas de identidad del proyecto de unidad europea.

Siga como siga la pugna entre China y EEUU y sin menospreciar los graves riesgos de escalada del conflicto y estancamiento económico, lo más probable es que el comercio mundial y la globalización productiva y financiera mantengan su curso por la senda ascendente que, ininterrumpidamente, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, se ha afirmado a pesar de fases de grandes tensiones comerciales y de dos breves paréntesis (en la segunda mitad de los años setenta de pasado siglo y en los primeros años de la crisis financiera global que estalla en 2008) de retroceso del crecimiento económico y el comercio internacional.

Las relaciones comerciales internacionales y la mundialización económica necesitan reformas, regulación y cooperación, pero la alternativa a la actual globalización desregulada no puede ser una antigualla ideológica como el nacionalismo proteccionista, que es poco más que un artilugio mental inaplicable y contraproducente que utilizan poderes económicos en decadencia que intentan proteger intereses particulares y fuerzas políticas nacionalistas excluyentes que hacen una lectura defensiva, parcial y errónea de la mundialización. Fuerzas políticas que consideran que la globalización ultraliberal y desregulada hoy existente es la única posible y que pueden defender el bienestar del que aún gozan sus países levantando murallas que impidan el paso a inmigrantes, importaciones e inversiones extranjeras directas empeñados en arrebatarles empleos y mercados o en obtener el control de los recursos, empresas y actividades productivas existentes en sus respectivos países.

La actual globalización ultraliberal es perecedera y reformable. Lo que no está escrito es cómo, de qué forma, a qué ritmo y por qué modelo será sustituida. Europa y la ciudadanía europea tendrían mucho que decir y hacer para que la alternativa no se reduzca a elegir entre los modelos de globalización que nos ofrecen EEUU o China.