Antes en las guerras: sobre la lucha contra el calentamiento global

Juan Ruiz (Profesor en la UMET)

“Lo que estamos haciendo ahora al mundo…. con la adición de gases de efecto invernadero al aire a un ritmo sin precedentes… es nuevo en la vida de la Tierra. Es la humanidad y sus actividades las que están cambiando el medio ambiente de nuestro planeta de manera dañina y peligrosa.” “Todos sabemos que las actividades humanas están cambiando la atmósfera de manera inesperada y sin precedentes.” Ninguna de las citas pertenece al discurso de Greta Thunberg en la ONU. La primera data de 1989 y también fue pronunciada en un discurso en la Asamblea de Naciones Unidas, pero por Margaret Thatcher. La segunda es de Bush padre en 1990. Ambos líderes de la contrarrevolución conservadora fueron abiertamente conscientes de que el cambio climático podría llegar a ser uno de los grandes retos del planeta, y con ambas citas comienza el libro de Jeffrey Bennet “A Global Warming Primer” donde explica de forma cercana cuestiones que hasta ahora han estado lejos de los programas académicos universitarios de las disciplinas enmarcadas en las Ciencias Sociales.

Podemos aceptar que las cuantificaciones que ofrecen los estudios sobre el cambio climático son imperfectas, pero no podemos ignorarlas. Más cuando todas apuntan en la misma dirección. Existe el consenso de que una economía compatible con un escenario de menos de 2°C necesita una reorientación rápida y masiva de las inversiones y que lo que hagamos en las dos próximas décadas determinará el grado de deterioro del planeta que heredarán las generaciones futuras. También existe consenso de que los desastres naturales afectarán a los que están en una situación geográfica más vulnerable y a quienes tienen menos recursos. En el caso de la Unión Europea la asimetría geográfica de los impactos hace que los Estados del sur sean los que se encuentren en una mayor situación de riesgo y por tanto quienes deberán experimentar un proceso más profundo de adaptación, pero el hecho de que los países más pobres sean los que están a mayor temperatura, más expuestos, menos preparados y con menos recursos hace que la situación sea todavía peor fuera de nuestras fronteras.

Según el Grupo Intergubernamental de Expertos en Cambio Climático, habría que duplicar las inversiones anuales en energía renovable, multiplicar por cinco las inversiones en eficiencia energética y desinvertir anualmente unos 500 mil millones de dólares en fuentes de energía fósil durante próximos 20 años. Pero no se trata sólo de hacer inversiones. Antes hay que aceptar que el modo de vida occidental hace tiempo que no es compatible con un desarrollo sano del planeta. La estimación de los costes asociados al emprendimiento de acciones de adaptación es inferior a las pérdidas económicas esperadas por la reparación de los daños causados por el calentamiento global. La UE se arriesga a perder a final de siglo el equivalente al 1,9% de su Producto Interior Bruto, siendo el sur la zona que sufra mayor impacto donde las pérdidas anuales serán de alrededor del 4% del PIB, si se llega al escenario de tres grados. Recientemente Alemania ha lanzado un programa de inversiones poco ambicioso y que dista de ser suficiente para resolver el problema de fondo. Mientras que los países periféricos, los más vulnerables dentro del a unión, pareciéramos condenados por la ortodoxia económica que asume que no existe margen fiscal ni en un contexto de tipos de interés negativos.

El World Energy Outlook (WEO) de 2018 estima que es posible lograr un nivel similar de PIB en 2040 bajo 3 tipos escenarios distintos de crecimiento. En el gráfico se representan los 3 escenarios donde cada burbuja representa la cantidad de PIB con 3 niveles distintos de emisiones que son consecuencia de cambios en la demanda energética resultado de un sistema más eficiente.

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Para llegar al escenario de desarrollo sostenible el informe WEO estima que es necesaria una inversión global de 8.545.000 millones de dólares adicionales a la que se realiza con las políticas actuales. Y es necesario que los Estados lideren buena parte de estas inversiones. Pero la dificultad de la coordinación política a nivel global se suma la de ideológica en dos niveles. Primero, es necesario que los dirigentes acepten que la amenaza es real y actúen en consecuencia. Segundo, el mainstream económico debe aceptar que se necesita un plan coordinado donde buena parte de las inversiones deberá ser dirigida por los Estados. De lo contrario los gobernantes y las instituciones políticas, económicas y monetarias deben dar la cara y explicar los motivos al culto a unas sendas fiscales que no se sustentan en ninguna base científica, ni fueron diseñadas teniendo en cuenta el escenario en el que nos encontramos. Pongamos por ejemplo otro periodo excepcional, como la Segunda Guerra Mundial, donde el déficit de los EEUU fue del 14% del PIB en 1942, del 30% en 1943 y del 21% en 1944. Mientras que su deuda pasó rápidamente de estar por debajo del 50% del PIB a situarse alrededor del 110%. O sin necesidad de recurrir a eventos tan drásticos encontramos el ejemplo de Japón, donde, desde finales de los 90, el déficit nunca ha bajado del 3% y que cuenta con varios episodios en los que se ha situado por encima del 9%. Hoy quienes dirigen, asesoran y ratifican el diseño de la política económica, monetaria y fiscal deben explicarnos con seriedad qué importa que el déficit o la inflación no superen el 2%, si estos objetivos no se encuadran dentro de un marco compatible con que la temperatura del planeta no aumente en 2 grados.