Desde las profundidades de la crisis: Cambios en la internacionalización de la economía española (parte I)

Comenzamos la publicación de la serie “Desde la profundidades de la crisis: Cambios en la internacionalización de la economía española” donde Enrique Palazuelos (Catedrático de Economía Aplicada en la Universidad Complutense de Madrid) analiza la nueva dinámica de internacionalización de la economía española que ha tenido lugar tras la crisis.

 

Toda crisis económica significa la quiebra de los resortes que hasta entonces habían mantenido la dinámica de crecimiento durante la fase expansiva de la economía. En el caso de España, el fuerte ritmo de crecimiento de 1994-2007 (3,4% anual) se desaceleró en 2008 para dar paso a la fase recesiva 2009-2013 (-2,2% anual). Ese intervalo de crisis ha sido el más largo y el de mayor retroceso productivo de la economía española en el transcurso de las últimas siete décadas.

La crisis se fraguó en 2008 cuando quebraron los dos resortes que habían llevado en volandas a la demanda agregada durante la expansión: el boom financiero-inmobiliario y el sobre-endeudamiento externo con el que se financiaba el creciente déficit por la balanza por cuenta corriente. Las derivaciones de la crisis financiera en Estados Unidos y varios países europeos cerraron el manantial de financiación externa que había hecho posible un intenso y prolongado crecimiento de la inversión y del consumo, cebados a través de la burbuja financiera y el desajuste comercial externo.

Desaparecidos ambos resortes, la economía quedó bloqueada, condenada a transitar por una senda crítica, incapaz de generar mecanismos alternativos con los que afrontar los efectos de la recesión. La única esperanza paliativa quedó depositada en que las autoridades de la Unión Europea aportaran ciertos revulsivos con los que mitigar esos efectos, mediante nuevas facilidades crediticias y estímulos expansivos por parte de las economías más fuertes.

Sin embargo, es sobradamente conocido cómo las decisiones adoptadas desde 2009 por la Comisión Europea y el Banco Central Europeo rechazaron la implementación de esos revulsivos comunitarios. Peor aún, en su lugar los países más afectados por la crisis, España entre ellos, fueron obligados a aplicar unos programas de austeridad y unas reformas (laborales, sociales y financieras) que multiplicaron los estragos económicos y sociales de la crisis. Todo ello ha merecido abundantes y lúcidos análisis críticos, por lo que a estas alturas está de más que aquí me extienda al respecto.

La cuestión que pretendo examinar es el modo en que, de la mano de la política económica aplicada en el contexto internacional que reconfiguró la crisis, el sector exterior de la economía española fue experimentando cambios que parecen de largo alcance referidos al grado y a los mecanismos de su inserción exterior. Cambios que se aprecian en cuatro direcciones principales: los intercambios de bienes y servicios, la penetración del capital extranjero, la proyección al exterior de las empresas españolas y la vinculación del comercio con los movimientos de capitales. Cambios que parecen tener profundas implicaciones en la dinámica de crecimiento y que podrían afectar de diversas maneras al marco institucional y a la estructura sectorial de la economía.

Este trabajo pretende ser una exploración preliminar en torno a esas novedades que presenta el curso reciente de la economía. Su finalidad estriba en detectar las modificaciones más relevantes y apuntar algunas de sus implicaciones.

  1. CRECIMIENTO SOSTENIDO DE LA EXPORTACIÓN DE BIENES

Como sucedió en el conjunto de la economía, la exportación de bienes se desaceleró en 2008 y sufrió una fortísima contracción al año siguiente (-15,5%) en un contexto muy desfavorable del comercio mundial. Sin embargo, durante los cuatro años siguientes, en plena crisis, las ventas al exterior registraron un intenso crecimiento que se consolidó en el cuatrienio 2014-17 (gráfico 1 y cuadro A1 del anexo. Así, en el período de 2008 a 2017 las ventas se elevaron a una tasa media del 7,1% anual, dando continuidad al impulso exportador generado durante la fase expansiva de la economía entre 1994 y 2007 (8% anual)[1].

El primer efecto de ese comportamiento ha sido la rápida ampliación de la apertura comercial (exportaciones/PIB), dejando atrás la modesta cuota que se mantenía al comenzar el siglo XXI. Si entre 1995 y 2007 apenas se elevó en dos puntos porcentuales, pasando del 15,8% al 17,6% en 2007, después se incrementó con fuerza hasta situarse en el 23-24% desde 2014.

El segundo efecto de la rápida expansión concierne a la composición de los productos exportados (cuadro A2 del anexo). El aumento de las ventas en 92 mil millones (mm) de euros entre 2008 y 2017 se concentró en dos categorías de productos, que son también los que aportan la mayor parte de las exportaciones totales: los bienes intermedios, que han sido responsables de casi la mitad de ese aumento, y los alimentos que han aportado casi otra quinta parte del incremento de las ventas. Los principales bienes intermedios exportados han sido productos semielaborados que se destinan a la fabricación de bienes de equipo (maquinaria no eléctrica, eléctrica y material de transporte), automóviles, productos químico-farmacéuticos y artículos metálicos acabados. Entre los alimentos han destacado las frutas, hortalizas y legumbres, y en segundo término los productos cárnicos. El resto del aumento exportador ha correspondido a los automóviles, los artículos de consumo (químico-farmacéuticos, confecciones y otros); siendo menor la aportación de los bienes de capital (maquinaria y equipos de transporte) y los productos energéticos (derivados de petróleo).

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Es así que la expansión de las exportaciones responde al vínculo creado entre dos patrones de especialización. El primero se refiere al mayor predominio de los bienes intermedios y de ciertos bienes finales (maquinaria y automóviles) cuyos procesos de producción industrial están asociados a cadenas globales de valor promovidas internacionalmente por grandes compañías transnacionales (CTN). La mayoría de estas compañías son extranjeras; unas están presentes en territorio español y otras establecen acuerdos de producción-exportación con empresas españolas. A la vez han aumentado las empresas españolas con factorías y/o redes comerciales en el exterior, como se expone en el tercer apartado, dedicado a los movimientos de capital. Son, por tanto, estrategias diseñadas a escala internacional las que guían las decisiones de las CTN extranjeras para que sus fábricas en España se especialicen, por ejemplo, en ciertos modelos de automóviles o de productos químicos finales (cosmética, fármacos) destinados a mercados exteriores, o bien se especialicen en componentes químico-farmacéuticos básicos (inorgánicos, orgánicos, plásticos primarios), metalúrgicos o mecánicos que después se trasladan como bienes semi-manufacturados a otras fábricas en el exterior donde se completa el proceso de producción. Simultáneamente, son CTN españolas y otras empresas nacionales las que fabrican otros componentes de automoción, química o metalurgia que exportan a empresas extranjeras.

El segundo patrón es seguido por las exportaciones de bienes tradicionales (alimentos y bebidas, confecciones y otros textiles, derivados de cuero, artículos químicos) cuya disposición a buscar nuevos mercados estuvo espoleada por la fuerte contracción de la demanda interna durante los años de crisis. Las crecientes ventas de estos productos, además de otros bienes finales fabricados en España por las CTN, son las responsables de la notable ampliación de las ventas fuera de la Unión Europea, principalmente a Turquía, norte de África (Marruecos, Argelia, Egipto) y ciertos países de Asia Oriental y América Latina, además de Estados Unidos. De ese modo, aunque la Unión Europea sigue siendo el espacio al que se destina la mayor parte de las ventas, durante el período 2008-2017 su cuota se ha reducido en casi diez puntos hasta situarse por debajo del 63%; no porque hayan caído las ventas a los socios europeos, sino porque han aumentado más rápidamente las ventas en esos mercados no europeos.

La expansión exportadora, la mayor apertura y la especialización en ciertas líneas de productos plantean la necesidad de encontrar buenas explicaciones al comportamiento exportador de la economía española[2]. Una vía escasamente fructífera que viene provocando más confusión que claridad es la que relaciona el fortalecimiento exportador con la reducción de los salarios y su mayor distanciamiento con respecto a la productividad, dando lugar a una caída de los costes laborales unitarios (CLU). Durante los últimos años, la versión difundida por los medios cercanos al gobierno español y a las instituciones europeas ha convertido a esa “devaluación salarial” en el factor explicativo del auge exportador, en la medida en que, provocando un descenso de precios, habría generado una mayor competitividad exterior. Llevando más lejos esa pretendida virtud, la política salarial y las reformas laborales aplicadas en España serían buenos ejemplos para otras economías que deseen fortalecer su crecimiento a través de una orientación exportadora. Por el contrario, otros estudios solventes niegan que tal devaluación salarial haya redundado en una ventaja de precios y que ese factor sea el determinante de una creciente competitividad de la economía[3].

No obstante, ambas posiciones se enfrentan a la dificultad de aislar el comportamiento específico de los salarios y los precios en las ramas y empresas exportadoras para ponerlos en correspondencia con los resultados agregados que experimenta la exportación. Ante ese problema, optan por trabajar con datos sobre salarios y productividades de toda la industria o, peor aún, de toda la economía, y con precios unitarios del conjunto de la exportación; a sabiendas, sin embargo, de que una alta proporción de las ventas –en torno a las dos terceras partes- corre a cargo de apenas 500 grandes empresas que dominan la actividad de sus respectivas ramas productivas. El dilema se hace más peliagudo si se tiene en cuenta que una gran parte de esa exportación corresponde a CTN, cuyas singularidades en términos de salarios, productividades y precios (con frecuencia intra-firma) son ignoradas cuando se utilizan los CLU agregados.

Siendo así, parece más aconsejable afrontar el conocimiento de la dinámica exportadora atendiendo a otros factores, sin excluir en absoluto que en algunos de ellos pueda resultar significativo el comportamiento de los costes laborales. En primer término, cabe señalar que desde hace décadas existe una evidencia rotunda acerca de que una parte considerable del comercio internacional discurre por factores ajenos a la competitividad-precio, siendo otros los elementos que determinan las ventajas competitivas a las empresas y a las economías. Unos están ligados a las condiciones de la producción y la tecnología, otros van asociados a la comercialización, la financiación, la cultura empresarial y el entorno macroeconómico. En segundo término, hay que considerar que una parte de las estrategias de producción, salarios y exportación son decididas por CTN siguiendo estrategias propias y que parte de la exportación se destina a otras empresas del mismo grupo empresarial. Y en tercer término hay que tener presente que, participando en cadenas globales, muchas empresas contratan su producción para la exportación siguiendo criterios igualmente específicos que poco o nada tienen que ver con las formas tradicionales de competencia comercial.

Considerando los criterios anteriores, la investigación capaz de aportar una casuística razonablemente sólida sobre el fortalecimiento exportador de la economía española debe articular la influencia de cinco factores principales:

  • Las estrategias de las CTN cuyas filiales españolas son relevantes en la exportación de sus respectivas ramas. Siendo abrumador el peso que tienen esas filiales en ramas como maquinaria y el material de transporte, química-farmacia y equipos eléctrico-electrónicos, tratándose de ramas con una elevada contribución exportadora, parece lógico conjeturar que ese factor ejerce una función crucial en la dinámica exportadora[4].
  • La posición reactiva de empresas fabricantes de bienes tradicionales de baja y medio-baja intensidad tecnológica que ante la prolongación de la crisis optaron por buscar nuevos mercados exteriores para contrarrestar el descenso de la demanda interna, que después han podido consolidar en distinto grado.
  • La similar posición reactiva de otras empresas españolas que, por iniciativa propia o tras recibir propuestas de firmas extranjeras, afrontaron la contracción de sus mercados internos vinculándose a cadenas de valor internacionales. Es posible que, dependiendo de los acuerdos establecidos, una parte de esas empresas hayan elevado la capacidad tecnológica (upgrading) de los productos intermedios que exportan a otras empresas que forman parte de las cadenas.
  • La influencia que las nuevas formas de penetración de fondos de inversión y otras entidades financieras (expuestas en el tercer apartado) pueden estar ejerciendo en la orientación productiva y comercial de las empresas españolas en las que actúan como capital-riesgo.
  • El efecto de arrastre que puedan ejercer las grandes y medianas empresas transnacionales españolas que han ido realizando importantes inversiones directas en el exterior (según se expone en ese tercer apartado), sobre todo en mercados de economías desarrolladas.

Si esos factores resultan explicativos, es posible que los costes laborales, la tasa de cambio del euro y otros elementos asociados a la competitividad-precio sí formen parte (lateral o secundaria) del modo como esos factores influyen en la dinámica exportadora. Bajo esas hipótesis, cabe conjeturar que el desarrollo exportador tiene lugar en una economía española en la que persisten sus conocidas debilidades estructurales, como son el relativo atraso tecnológico, la primacía de sectores y actividades intensivas en trabajo, la fuerte oligopolización, el minifundismo empresarial y la acusada desigualdad en la distribución de la renta. Tales características estructurales parecen compatibles con un aumento de la ubicuidad (número de países) y la diversidad (número de productos, número de empresas) exportadora. En todo caso, se trata de cuestiones que merecen ser investigadas en profundidad y cuyo conocimiento exige analizar las exportaciones de forma articulada con los movimientos de entradas y salidas de capital y con la evolución de las importaciones, que se aborda a continuación.

[1] Los datos están expresados en precios corrientes. Fuente: Dirección General de Aduanas, recogida en el Boletín Estadístico del Banco de España, 5/2018. Todos los datos de este trabajo referidos a 2017 son provisionales.

[2] Ministerio de Industria y Competitividad (2017), “El sector exterior en 2016”, Información Comercial Española, Boletín Económico, 3088, Especial 30 años del informe de comercio exterior. Myro R. (2015), España en la economía global, RBA, Barcelona. Úbeda F. y Durán J.J. (2013), “Factores determinantes de la multinacionalización de la economía española y su efecto en el comercio exterior”, Información Comercial Española, 870, 11-30. Rodil O. et al., (2015), “El comercio bilateral entre España y sus socio europeos desde una perspectiva de intensidad tecnológica, Revista de Economía Mundial, 39, 109-142. Dones M. (2017), “Export and Employment in the Spanish economy”, Investigaciones Económicas, 301, 137-169.

[3] Cárdenas L. et al. (2017), The demand-led pattern of economic growth of the Spanish economy (1999-2017): understanding the change from recession to recovery, draft, https: //www.boeckler.de/pdf/v_2017_11_10_cardenas.pdf. Álvarez N. y Uxó J. (2018), Una política industrial activa para un crecimiento diferente, http://ctxt.es/es/20171220 /Politica /16823/policia-industrial-pobreza-crecimiento-economico-tranformacion-nacho-alvarez-jorge-uxo.htm

[4] Las filiales de compañías extranjeras representan el 40% de la cifra de negocios de toda la industria española, pero en varias ramas el porcentaje es bastante más elevado: material de transporte, incluyendo automoción (85%), química y farmacéutica (54%), equipos eléctrico-electrónico (52%), caucho y plásticos (45%). A su vez, esas filiales representan el 57% de las exportaciones industriales españolas, pero en esas cuatro ramas los porcentajes son muy superiores: material de transporte (90%), química y farmacéutica (60%), equipos eléctrico-electrónicos (60%) y caucho y plásticos (57%). Los últimos datos disponibles son para el año 2015. Fuente: Instituto Nacional de Estadística, Estadísticas de Filiales de Empresas Extranjeras en España, 28 de septiembre de 2017.