La antigravedad del bitcoin (VI): Inquietantes simetrias

Luis Alberto Alonso (Profesor de la Universidad Complutense de Madrid)

El aumento del precio en dólares del bitcoin supone un incremento de su poder adquisitivo en términos de bienes, ya que la pérdida de valor del dólar –el 2% de la inflación habitual– resulta insignificante frente al ascenso del bitcoin.

Dicho esto, queremos argumentar que el comportamiento del bitcoin es simétrico al de la moneda de cualquier país que experimenta un proceso de hiperinflación. En este caso, –hiperinflación– se produce una huida del dinero porque éste no es capaz de mantener su valor real –su poder adquisitivo– y en el caso del bitcoin se produce una huida hacia ese tipo concreto de –llamémosle– dinero porque experimenta un incremento fulgurante de su precio en dólares y de su valor en bienes.

La hiperinflación suele iniciarse –y solo se mantiene– porque el banco central del país que la padece incrementa su oferta monetaria –normalmente para financiar déficits públicos crecientes– a un ritmo superior al que crece la renta real del país. Pero los precios se elevan no solo por el crecimiento excesivo de la oferta monetaria sino también porque los individuos reducen sus tenencias de dinero líquido para eludir las pérdidas que sobre esa parte de su riqueza –los activos líquidos– imponen las elevaciones de precios.

El bitcoin se eleva en dólares porque el crecimiento programado de su oferta es limitado e inferior al crecimiento de su demanda para financiar transacciones. Pero tampoco lo hace solo por este motivo sino, además, porque los agentes económicos procuran acumularlo, dado que su valor crece en el tiempo. No solo es un depósito solvente de valor, sino que lo acrecienta.

Si la liquidez que desean mantener los individuos en los procesos de inflación aguda depende inversamente de la tasa de inflación esperada, la liquidez que se desea mantener en bitcoins depende directamente de la variable contraria, de la tasa de crecimiento esperada de su valor en dólares que, repetimos, equivale al incremento de su valor en bienes.

En ambos casos, el proceso presenta el carácter de feedback positivo. En la hiperinflación, la huida del dinero inducida por la inflación esperada se concreta en incrementos de las compras de bienes o de moneda extranjera, que aceleran la tasa de inflación real e inducen a reconsiderar al alza la tasa de inflación esperada. En el caso del bitcoin, la acumulación de bitcoins no utilizados en transacciones incrementa su escasez, eleva su precio en dólares e induce también a reconsiderar al alza el incremento esperado de su precio en el futuro. Se intensifica así el deseo de acumularlos y la razón para hacerlo.

Las reacciones-decisiones que adoptan los individuos ante los dos procesos antagónicos se ajustan a la misma lógica y son, como podría esperarse, de signo contrario.

En la hiperinflación, los individuos incrementan sus compras de bienes, es decir, reducen su ahorro, adelantan sus compras –para evitar comprar más caro–, piden préstamos para realizar compras tanto de bienes como de moneda extranjera y… esperan. Cuando el proceso se agudiza, los vendedores dejan de aceptar la moneda como modo de pago y se recurre al trueque o se crean nuevas monedas.

En el caso del bitcoin, los receptores y los poseedores lo retienen, cuando el precio de una transacción está nominado en dólares y para realizarla tienen que vender bitcoins, retrasan sus pagos; piden préstamos en dólares para comprar bitcoins y… esperan. Al final del proceso, los compradores se negarán a utilizar el bitcoin como medio de pago y recurrirán a otras monedas. En la hiperinflación, los individuos compran tierras con la moneda que se esfuma. En el momento presente, es razonable –quién sabe si ya se ha hecho– vender tierras para comprar bitcoins.

Si hemos trazado este paralelismo entre la dinámica del bitcoin y la de la hiperinflación y sugerimos que el feedback que caracteriza ambos procesos es el mismo, aunque operando en direcciones contrarias, es porque abrigamos la esperanza de que nuestros conocimientos del desarrollo de los procesos de inflación a lo largo de la historia puedan orientar nuestra visión sobre la trayectoria futura del bitcoin. Y estudiando las medidas que han eliminado las inflaciones agudas, podamos deducir las que puedan mantener bajo control la fiebre especulativa del bitcoin.

Pero cualquier evaluación de la gravedad del bitcoin como problema no puede hacerse forzando su semejanza sensu contrario con un proceso de hiperinflación sin resaltar, al mismo tiempo, sus diferencias con los episodios reales de inflación aguda que conocemos.

La hiperinflación es un proceso confinado al ámbito de un país que es el que sufre sus consecuencias, país que posee un gobierno acuciado por la necesidad de detener el efecto corrosivo que éste provoca sobre el orden social. El bitcoin es una moneda internacional cuyos efectos son aún de magnitud insignificante para que los gobiernos estén motivados para aplicar medidas drásticas, medidas que, si se adoptasen por un banco central nacional o por un gobierno aisladamente, no serían viables ni eficaces.

Pero la diferencia más interesante con la hiperinflación es que en ésta existe una sola moneda, que es la que, al perder valor de forma acumulativa, perturba el sistema de precios, genera transferencias de renta que comportan la depauperación dramática de algunos grupos sociales y el enriquecimiento insultante y absurdo de otros y, por estos motivos, destruye el orden social.

Por el contrario, el crecimiento del bitcoin se produce en un país que mantiene inalterada su moneda, en la que están nominados salarios y precios, y en el que el valor de esta moneda se mantendrá invariable. No hay razones para pensar que aparecerían distorsiones de precios y salarios ni que se produciría el empobrecimiento de ningún grupo social.

Para que no parezcan demasiado disruptivas las sugerencias con las que terminaremos este epígrafe, las introduciremos con una cita de Keynes:

“Además, ciertas inclinaciones humanas peligrosas pueden orientarse por cauces comparativamente inofensivos con la existencia de oportunidades para hacer dinero y tener riqueza privada que, de no ser posible satisfacerse de este modo, pueden encontrar un desahogo en la crueldad, en temeraria ambición de poder y autoridad y otras formas de engrandecimiento personal. Es preferible que un hombre tiranice su saldo en el banco que a sus conciudadanos; y aunque se dice que algunas veces lo primer conduce a lo segundo, en ocasiones, por lo menos, es una alternativa.”

Existe una frase, cuyo autor lamentablemente no conozco, que dice: “Quién no es capaz de jugarse su casa al póker no puede ser presidente de los Estados Unidos. El juego es educativo. La vida nos enfrenta a encrucijadas, cuyas consecuencias, si respondemos con una apuesta errónea, serán más graves que si perdemos el 10% de nuestra riqueza comprando bitcoins. ¿Por qué no permitir que los jóvenes acudan al bitcoin como a un gimnasio para curtirse, para medirse, en la asunción de riesgos?

Provocar a la diosa Fortuna, atribuirse los inmerecidos éxitos resultantes del azar y, en caso contrario, sentirse maltratado por el destino ¿no son necesidades del animal humano? ¿Son solo patologías infrecuentes? En este caso, el gran casino del bitcoin languidecerá y acabará cerrando sus puertas. ¿Por qué impacientarse intentando prohibirlo?